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El viejo problema
No es ninguna originalidad decir que la República Argentina viene
decayendo en la mayoría de sus indicadores desde hace muchas décadas. Lo
original es que este grado de retroceso se produzca en un país que no ha sido víctima de ninguna catástrofe natural;
no fuimos escenario de ninguna guerra devastadora. Tampoco se han derrumbado
-salvo vaivenes coyunturales- los precios de nuestros productos. Hemos
dispuesto de gran cantidad de fondos procedentes del exterior, casi hasta
el paroxismo, logrando el “default” más importante de toda la historia.
Hemos violado el derecho a la propiedad, al confiscar los ahorros de
nuestros propios ciudadanos.
Todo lo que “logramos” en términos negativos para nuestra conmocionada
comunidad, es nuestra propia obra y de nadie más. Muchos dirán que hubo
influencias foráneas, y debe ser cierto. Pero nunca fueron tan determinantes
como nuestro propio accionar destructivo.
Nuestra decadencia se debe principalmente a la falta de proyecto nacional.
La mayor falla de la mal llamada "dirigencia" argentina es no saber qué
argentina quieren; cómo imaginamos el país dentro de 10, 20 o 30 años.
Séneca decía, con gran sabiduría, que “no hay viento favorable para el que
no sabe adónde va”.
Esto sí puede explicar la extraordinaria facilidad con la que hemos
logrado destruir, en sólo 30 meses, el autoabastecimiento de gas alcanzado
en 1998. Casi sin darnos cuenta, nos aproximarnos peligrosamente al
precipicio de una crisis eléctrica, que se manifestará más intensamente el
año próximo, pero que se hace amenazadora para el período 2006/7. Si continuamos sacudiendo las
estructuras jurídicas de la forma en que lo venimos haciendo, al cabo de
algunos años también perderemos el autoabastecimiento de petróleo logrado
con grandes sacrificios, desde que se lo buscó con ahínco en los ’50.
Aquél mandato histórico de la independencia energética, que obraba a modo
de política nacional guiando por igual al Estado y al sector privado, ya
no resuena como antes en los discursos oficiales de los funcionarios, que
con sus hechos y omisiones se entregan mansamente a la importación
energética del extranjero a sabiendas que los recursos duermen bajo la
tierra argentina.
Y este razonamiento no excluye –sino todo lo contrario- la necesidad de
alcanzar una integración regional que viabilice la proyección de nuestros
países en un mondo cada vez más globalizado y competitivo.
Muchas de las decisiones que se vienen adoptando y que claramente
erosionan las bases del esquema vigente, llevan a cuestionarse seriamente
si se trata de una solución definitiva –un modelo de desarrollo que
funcione- o si estamos ante nuevos paliativos que tienden a resolver
ciertas necesidades políticas del Gobierno.
Tal es el caso del proyecto de nuevo marco regulatorio para los servicios
públicos que se ha enviado al Congreso, que contiene ideas poco elaboradas
que responden a las urgencias del momento sin mirar el futuro del país. Al
este y otros proyectos que circulan están destinados a alterar la mínima
estabilidad que se necesita para hacer funcionar el sistema energético.
Con
el argumento de regular mejor, el Estado ha comenzado a invadir
esferas propias del sector empresario tales como dirigir los planes de inversión, más allá
de lo establecido por los contratos. También los órganos de control
comienzan a ser subordinados políticamente.
Hay muchas manifestaciones adicionales que demuestran que muchos
desequilibrios, en lugar de corregirse, se profundizan. Y son fuente de
situaciones claramente explosivas que, tarde o temprano, terminarán por
afectar la confianza en las autoridades y amenazando en su medida la
"gobernabilidad".
En el sector eléctrico propiamente dicho, es una señal el déficit de la
Compañía Administradora del Mercado Mayorista Eléctrico (Cammesa) junto a
creación de Fondos Fiduciarios para afrontar
la necesidad de ciertas obras que se realizan para mejorar la
eficiencia del parque de transformación y transporte de energía. También
hay que agregar el mayor costo por importación de combustibles desde
Bolivia y Venezuela.
En gran medida, el último aumento estacional en las tarifas eléctricas que
afecta a los grandes usuarios y clientes industriales, decretado hace
poco, tiende a paliar en parte esta situación.
Por ejemplo, debe notarse que a pesar de la suba del 25% vigente en
promedio en el mercado mayorista eléctrico, la energía generada en
Argentina todavía cotiza al 50% del valor al que se remunera la
importación desde el Brasil.
El Gobierno está intentando emitir señales de recuperación de precio que
estimulen a los capitales de riesgo con condiciones similares a las que
existieron en el inicio de la desregulación gasífera y eléctrica en los
que deben incluirse los aumentos programados para el precio del gas en
boca de pozo. Con la Resolución 842 de la Secretaría de Energía el precio
mayorista se ubicará en unos u$s 20 el MWh.
Aunque se trata de un valor bastante inferior a los u$s 44 por MWh
establecidos para la importación desde Brasil, constituye una retribución
más sensata que los u$s 8 por MWh que llegaron a pagarse en el inicio de
la emergencia económica.
Pero el precio, si bien muy importante, no es el único incentivo que
necesita el sector; la mejor señal sería la estabilización jurídica y el
relanzamiento de la industria energética argentina, que no llega.
Mientras nosotros seguimos sumergidos en estos desaguisados, los países de
la región se mueven a un ritmo acorde el mundo moderno. Ya se ha
inaugurado Camisea, en el Perú que ha firmado un programa para licuar y
exportar gas hacia México y Estados Unidos; Bolivia ha superado el
referéndum y acordó importantes proyectos petroquímicos con Brasil que
avanza liderando el MERCOSUR. La convulsionada Venezuela se asegura el
mercado norteamericano y centroamericano y establece un régimen de
contrataciones sólido y jurídicamente seguro.
Ciclos Combinados
Según las autoridades energéticas, están avanzadas las conversaciones con
las empresas generadoras para construir dos usinas por un total de 1800
MW.
El novedoso mecanismo ideado por las autoridades para construir estas
unidades refleja en parte lo que veníamos analizando ya que se trata de un
esquema de “inversión forzosa” para superar los desfasajes más severos de
la falta de energía en los próximos años.
Aunque muchas empresas cuestionan el esquema que las obligaría a
participar del financiamiento de la nueva central saben que si no
participan, la deuda será reconocida solo en un título a muy largo plazo a saldar con lo
producido por la nueva central.
Se trata de convertir la deuda que Cammesa tiene con los generadores de $
650 millones aproximadamente en participaciones de la nueva empresa
generadora. Los principales acreedores privados a los que va destinada la
idea son Piedra del Águila (controlada por Total), con $ 48 millones,
Alicurá (AES), con $ 30 millones y El Chocón (Endesa), con $ 27 millones.
De todas formas, la posible aceptación final por parte de las empresas es
un hecho muy positivo ya que representa una apuesta hacia el futuro que,
de otra forma es dudoso pueda materializarse. La magnitud de la nueva
central la ubicaría en cuarto lugar entre las usinas térmicas del país y
abastecería al Litoral, descomprimiendo la provisión a las regiones del
Centro, Cuyo y Comahue.
Quedan por superar otros cuestionamientos, como por ejemplo los de índole
técnica porque hay especialistas que sostienen mientras se está importando
combustibles, tales como el fueloil, el gasoil y el gas no parece el mejor
esquema construir plantas térmicas, siendo más razonable agregar por
ejemplo 200 MW al
Sistema Argentino de Interconexión (Sadi) añadiendo dos turbinas al brazo
Añá Cuá en Yacyretá y funcionando a cota 77.
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