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A fines del
2003 han España
ha sido escenario de diversos hechos que, puestos en conexión, pueden
arrojar alguna luz sobre la situación actual del sector eléctrico. En
primer lugar, el enésimo apagón, el 29 de diciembre, que dejó sin luz
durante nueve horas la comarca leridana del Valle de Arán. Afectó a
decenas de miles de turistas –como siempre–, pero junto a ellos alcanzó
también en esta ocasión a personalidades que se dan cita esos días en
Baqueira-Beret, algunas con responsabilidades sobre la garantía del
suministro eléctrico.
Ironías de la vida. En el expediente informativo abierto a Endesa, el
Gobierno catalán dice que evaluará si el plan de inversiones de dicha
compañía en Cataluña es suficiente para garantizar la calidad y la
cantidad del suministro eléctrico. Por las mismas fechas, la prensa se
hacía eco del descenso de inversiones eléctricas, por primera vez en
España desde 1998 (se invirtieron 3.160 millones en 2003, un 7,3% menos
que el año anterior). Finalmente, unos días antes la prensa nos informaba
también de la desestimación por el Tribunal Supremo de dos recursos
interpuestos por Unesa contra sendos decretos por los que se aprobó la
tarifa eléctrica para los años 2001 y 2002.
Estos tres sucesos tienen, en mi opinión, una relación estrecha (de
causa-efecto). Apagones, nivel de inversiones y tarifas eléctricas son
tres lados de un triángulo indivisible. El apagón es consecuencia
inexorable de una falta de inversión (en generación o en redes) y ésta es
el resultado de unas expectativas de recuperación que dependen de la
tarifa. También en estos días ha sido aprobado un incremento tarifario del
1,54%, con una reducción inesperada respecto al 1,66% que el secretario de
Estado de Energía había anunciado unos días antes. Misterios de la tarifa
eléctrica.
Calidad
de suministro
Es ésta una situación recurrente en los últimos años: los apagones
acompañan a una tarifa, cuyo nivel es una y otra vez considerado
insuficiente por las eléctricas. ¿Es el nivel de tarifas realmente incapaz
de garantizar la calidad del suministro eléctrico? Tal es la cuestión.
Para responder a ella, lo primero que hay que destacar es el desconcierto
reinante, la confusión que impera y la falta de claridad con que actúan
tanto las empresas eléctricas como las autoridades reguladoras. Los
responsables de la gestión empresarial se esmeran en lograr balances
presentables aunque ello exija cierto maquillaje contable. El Gobierno
sigue obsesionado con el control de la inflación, objetivo económico
imprescindible, pero que no tiene nada que ver con la tarifa de la luz o
del teléfono y que no debe anular el logro de otros objetivos de política
energética como es el mantenimiento del suministro eléctrico en cantidad y
calidad a largo plazo.
He aquí una explicación al enigma de las tarifas: el régimen tarifario
practicado en los últimos seis años se ha inspirado hasta ahora no en las
exigencias de un buen sistema eléctrico sino en razones macroeconómicas o
en la pura conveniencia política. Ello da lugar a una continua tensión
financiera en las compañías, que van reduciendo (o retrasando) sus
inversiones para rebajar en lo posible su endeudamiento (la inmensa deuda
del sector se ha reducido en 1.800 millones de euros en el último año).
Tal mal praxis debe condenarse y nos lleva, una vez más, a reiterar que la
tarifa no es un acto político. La tarifa es un justiprecio, que debe
responder a factores internos del negocio, no a factores externos del
entorno político que se atraviesa en cada momento. Lo contrario es un
atentado al Derecho y una mala política económica. La mejor prueba de que
ha habido una política de tarifas poco garantizadora es que hasta el Real
Decreto 1.432/2002 de 22 de diciembre no había ni siquiera norma sobre
metodología tarifaria y que el Gobierno, con posterioridad, ha reconocido
un déficit tarifario que alcanza los 1.500 millones de euros.
Dicho decreto vino a paliar en parte tal anomia, pero mantiene
considerables incertidumbres sobre estructura tarifaria, retribución de la
distribución, primas del régimen especial, pago de la garantía de potencia
y otras. Y, lo que es peor, se enmarca en una política apriorística según
la cual el precio de la luz no subirá más del 2% cada año hasta 2010.
Uno se pregunta: ¿qué don profético acompañó esta decisión? El 2%
‘coincide’, sí, con el objetivo de inflación del Banco Central Europeo,
pero el incremento tarifario necesario no tiene nada que ver con eso:
podrá ser unas veces del 3,5% y otras del 0,5%; dependerá de que llueva
mucho o poco, del precio del crudo, del valor del euro y del tipo de
cambio euro-dólar, de la evolución de la oferta y la demanda de
electricidad, y de otras variables como los tipos de interés en los
mercados financieros. Imponer una política apriorística de contención
tarifaria por debajo del IPC, con el rodillo del BOE, puede bien ser
confiscatoria (y contraria al art. 33 de la Constitución), o bien
comprometer la senda de inversiones previstas, en un período en el que el
consumo aumenta el 6% anual y las empresas eléctricas tendrían que
invertir 26.000 millones de euros. El resultado de semejante tensión son
los apagones.
Inversiones
La mayor parte de dichas inversiones deberá destinarse a nueva generación,
siguiendo los objetivos de la planificación energética y aumentando la
participación de las energías menos contaminantes (ciclos combinados de
gas y renovables), lo que contribuiría al cumplimiento de los muy
controvertidos compromisos de Kioto. Pero ello no basta. Si se quiere
mantener el modelo de mercado, en el que las centrales de generación se
pueden localizar muy lejos de los centros de consumo, con grandes
necesidades de transmisión y con separación de actividades (reguladas y
comerciales) resulta absolutamente necesario establecer un sistema
retributivo del transporte y la distribución que incentive la construcción
de redes y garantice también la recuperación de inversiones en estas
áreas.
Una política tarifaria insuficiente para las eléctricas y subvencionada
para los consumidores constituye el gran obstáculo para el mercado y hace
imposible la actuación de los comercializadores (los consumidores, tras
comparar tarifas y precios de mercado, preferirán permanecer o volver a la
tarifa). Es imprescindible que la evolución de las tarifas integrales sea
acorde con los costes y compatible con el mercado. Podría mantenerse una
tarifa de último recurso, basada en la aditividad de costes, para los
consumidores con menor capacidad de negociación. Deberá definirse
finalmente una tarifa subvencionada, de servicio universal, exclusivamente
dirigida a colectivos que no puedan lograr un precio asequible para su
situación particular, reafirmando así la responsabilidad última del Estado
en garantizar el suministro eléctrico a todos los ciudadanos.
En resumen, tenemos que creer en el sistema. Si no, habremos montado un
gran tinglado para seguir haciendo lo mismo: fijar las tarifas a capón.
Para ese viaje no hacían falta tantas alforjas. Creer en el sistema
significa básicamente dos cosas: que se dicten las reglas adecuadas y que
se cumplan. Y cuando no se cumplan, el Tribunal Supremo debe intervenir,
perdiendo ese respeto reverencial que tienen a los números y entrando a
revisar los niveles de precios que fije el Gobierno, si éstos son
insuficientes. |