Mientras algunos aún debaten si la causa de la guerra en Irak fue o no el control del petróleo, hay otra guerra que involucra más directamente al petróleo, surgida entre dos de las naciones más poderosas del mundo. Durante meses China y Japón se han encerrado en una batalla diplomática por el acceso a los importantes campos de petróleo en Siberia. Japón, que depende completamente del petróleo importado, está cabildeando desesperadamente para conseguir que se realice el oleoducto de unas 2.300 millas de longitud que vincule Siberia con las costas de Japón. Pero China, en rápido crecimiento, y ahora el segundo más grande consumidor de petróleo del mundo luego de los Estados Unidos, ve al suministro de petróleo ruso como vital para su propia “seguridad energética” y está empujando para lograr su propio oleoducto de 1.400 millas hacia el sur, a Daquing. La rivalidad petrolera es tan intensa entre ambos países, que Japón ha ofrecido financiar los cinco mil millones de dólares que tiene de costo el oleoducto, invertir siete mil millones de dólares adicionales en el desarrollo de los campos petrolíferos siberianos y además tirar un plus de 2 mil millones para los “proyectos sociales” rusos; y, todo esto con la certeza de que si Japón gana en la batalla por el petróleo de Rusia, deberá afrontar como consecuencia que las relaciones entre Tokio y Beijing se hundan a su nivel más bajo, y potencialmente más peligroso desde la Segunda Guerra Mundial. Esta guerra no declarada por el petróleo en Asia es el último recordatorio que, en una economía global dependiente básicamente de un solo tipo de combustible--el petróleo--, la "seguridad energética " significa mucho más que fortalecer la seguridad de las refinerías y oleoductos contra ataques terroristas. En su nivel más básico, la "seguridad energética" significa la habilidad de mantener operativa la máquina global - es decir la capacidad de producir combustible y electricidad a precios suficientemente económicos para que cada nación pueda disponer de la energía necesaria para mantener su economía en funcionamiento, alimentar a su población y defender sus fronteras. El fracaso en la “seguridad energética” significa que la velocidad adquirida en los procesos de la industrialización y la modernidad llega a su fin. Y si lo medimos de esta manera, estamos fallando. En los Estados Unidos y Europa, la nueva demanda por electricidad y gas natural está superando las previsiones y se presenta el espectro de los cortes sucesivos en el suministro de energía. En economías “emergentes”, como Brasil, la India y sobre todo China, la demanda de energía está subiendo tan rápido que puede duplicarse para 2020. Y esto sólo nos da idea de la crisis de energía que enfrenta el mundo en vías de desarrollo dónde casi 2 mil millones personas -un tercio de la población mundial- no tiene el acceso a la electricidad ni a los combustibles líquidos y se encuentran condenados, por esta razón, a una subsistencia medieval que engendra desesperación, resentimiento y, finalmente, el conflicto. En otros términos, nosotros estamos en la cúspide de un nuevo tipo de guerra -entre aquéllos que disponen de energía suficiente y aquéllos que no la tienen-, pero están deseosos de salir y conseguirla. Mientras las naciones siempre han competido por el petróleo , parece cada vez más probable que la carrera por obtener para sí un pedazo de las últimas grandes reservas de petróleo y gas será el tema geopolítico dominante del siglo 21. Ya podemos ver los lineamientos del escenario geopolítico. China y Japón se enfrentan por el petróleo siberiano. En la región del Mar Caspio europeo, los gobiernos de Rusia, China, los Estados Unidos y las grandes compañías petroleras, están batallando por obtener su cuota de participación en los campos petrolíferos de Kazajstán y Azerbaiyán. En África, los Estados Unidos están construyendo la red de bases militares y misiones diplomáticas cuyas metas principales son proteger el acceso americano a los yacimientos petrolíferos en lugares tan volátiles como son Nigeria, Camerún, Chad y el diminuto Estado de Sao Toméa e impedir el acceso de China y de otras superpotencias sedientas, lo más importante.. Las fintas diplomáticas sólo apuntan a lo que veremos próximamente en el Medio Oriente, dónde yace la mayoría del petróleo restante del mundo. Para todos los protagonistas, la información sobre nuevos e importantes descubrimientos en Rusia y África -y de cómo este chorro de crudo liberará a los Estados Unidos y a los otros grandes importadores de las maquinaciones de la OPEP-son charlas de café, conversaciones nebulosas porque los hechos geológicos muestran lo contrario. Incluso con el nuevo petróleo ruso y africano, la producción mundial fuera del Oriente Medio está apenas guardando el paso con la demanda. Durante la gestación y desarrollo de la guerra de Irak, Rusia y Francia chocaron ruidosamente con los Estados Unidos Unidos en la disputa acerca de cuales serían las compañías con acceso al petróleo en la era post- Saddam. Es menos conocida la manera en la que China buscó construir sus propias alianzas petroleras en el Medio Oriente- a menudo por sobre las objeciones de Washington. En el año 2000 los funcionarios chinos visitaron Irán, un país donde las compañías norteamericanas tienen prohibido actuar. China también tiene un interés mayor en el petróleo Iraquí. Aunque en realidad, la apertura del mercado petrolero hacia China fue realizada por el país considerado como el mayor aliado petrolero de los Estados Unidos: Arabia Saudita. En los últimos años, Beijing ha estado cabildeando en Riyadh para tener acceso a las reservas sauditas que son las más grandes del mundo. A cambio, los chinos le han ofrecido a lo sauditas una posición privilegiada en lo que será el mercado más grande del mundo y como bonificación extraordinaria, han ofrecido armamento sofisticado, incluyendo proyectiles balísticos y otro hardware que los Estados Unidos y Europa se habían negado a proveer. Con seguridad, los Estados Unidos con su inmenso poder económico y militar , ganaría cualquier “guerra caliente” directa por el petróleo. Pero un escenario más aprehensivo y digno de preocupación es que, una escalada en la rivalidad entre otros consumidores grandes, generará nuevos conflictos que podrían requerir la intervención americana y también conseguirían fácilmente desestabilizar la economía mundial sobre la cual descansa finalmente el poder de los Estados Unidos. Como la demanda de petróleo global es más acuciante y la producción continúa retrasándose (productores como Arabia Saudita y Nigeria crecen en forma inestable) el forcejeo por mantener el acceso a la energía adecuada -siempre una misión crítica para cualquier nación- se volverá más desafiante e incierto, comprometiendo mayor cantidad de recursos y de atención política. Esta escalada no sólo aumentara al riesgo de choque, sino que también hará más difícil para los gobiernos poder enfocar sus esfuerzos en desafíos que se presentan en el campo de la energía a largo plazo, como por ejemplo el cambio climático, el desarrollo de energías alternativas, y la solución a la pobreza y escasez energética del Tercer Mundo – desafíos éstos que son críticos para la seguridad energética a largo plazo, pero que irónicamente serán vistos como meras distracciones frente a la actual necesidad de mantener el petróleo fluyendo. Éste, finalmente, es el dilema real de la seguridad energética. Cuanto más obvio se vuelve el concepto de que la economía dominada por el petróleo es inherentemente insegura, más difícil resulta encontrar una alternativa y producir el salto necesario para avanzar más allá del petróleo. |