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Gobernar es, ante todo “decidir”.
El ejercicio del Gobierno, por definición, es esencialmente un complejo
proceso de adopción e implementación de decisiones. En una situación
crítica como la que atraviesa nuestro país, habría que agregar el adjetivo
de “difíciles” para calificar la naturaleza de la mayoría de esas
decisiones.
En muchos temas y, más específicamente,
en la cuestión energética ha comenzado a percibirse la existencia de un
problema de Gobierno, es decir el apremio por establecer decisiones
fundamentales.
Dada la incidencia significativa que el
tema tiene sobre el potencial de crecimiento económico, se trata de un
debate en el que también correspondería involucrarse a los partidos de la
oposición y al conjunto de la sociedad.
En los últimos días, han surgido
expresiones que muestran criterios e interpretaciones disímiles entre
varios integrantes del Gobierno, sobre aspectos cruciales para la
definición del rumbo del país. Tales contradicciones superan el ámbito de
lo técnico – ubicado en el plano de lo instrumental-, para expresarse bajo
la forma de pensamientos políticos y filosóficos contrapuestos, en torno a
los objetivos que se persiguen.
Estas distorsiones dividen también a
los legisladores y a los dirigentes políticos del partido gobernante, en
el tratamiento de, por ejemplo, el nuevo régimen regulatorio que regirá
los servicios públicos, la función y alcance de las estructuras de
renegociación de contratos, las tarifas, el sistema de fondos fiduciarios
para financiar las obras y la creación de nuevas empresas públicas.
Desde el punto de vista filosófico y
político, hay que definir si los servicios públicos continuarán prestados
por el sector privado o si será el Estado quién cumplirá el rol de
inversor y operador de las empresas. Se trata de una decisión de gran
importancia, ya que al resolver este problema de Gobierno, implícitamente
se producirá una re-definición del rol del Estado en nuestra sociedad.
Circulo ominoso
Mientras este debate no se cierre, la
gran mayoría de los proyectos estarán sujetos a condiciones de anormalidad
extrema, con muchísimas variables fuera de todo control y trabados por
múltiples impedimentos.
Todas las inversiones –también las
públicas- se convierten en operaciones de alto riesgo. Invariablemente,
para evitar el gran peligro que significa postergar ciertas obras críticas
para garantizar el suministro energético, debe recurrirse a los mecanismos
de excepción, leyes especiales, garantías extraordinarias y artilugios
jurídicos que terminan por profundizar el problema original, debido a la
mayor inseguridad jurídica que se provoca.
De tal forma, este mecanismo rompe el
equilibrio del sistema y, en lugar de transportarnos desde la emergencia
inicial a la normalidad del desarrollo autosostenido, provoca una
expansión continua de las anormalidades, realimentándose en forma viciosa
hasta su estallido.
Se trata de un círculo ominoso
que invariablemente conduce mayores dificultades especialmente en cuanto a
la calidad de vida de la población.
Es un mecanismo perverso
que lleva implícito un involuntario –pero efectivo- ataque al empleo y a
la producción dañando a toda la sociedad y en especial a los sectores más
desprotegidos. En los meses que pasaron, la falta de energía en las
industrias determinó suspensiones y cierres temporarios de muchas fuentes
de producción. También hemos
perdido muchas divisas importando lo que antes exportábamos. La
recuperación se ha desacelerado. El Presidente y su ministro de economía
han reconocido que el índice de desocupación creció en la última medición
“debido a la crisis energética”.
Distorsiones
Las intervenciones
realizadas en el contexto de la emergencia, han desequilibrado las
funciones de CAMMESA y provocando un considerable déficit ($ 2000 millones
aproximadamente). El propio “mercado eléctrico” se ha
desnaturalizado. Además, luego
de haber consumido los fondos específicos que estaban destinados a
financiar obras de expansión de las redes de transporte de electricidad,
esta organización adeuda a los
generadores $450 millones.
El país se vio forzado a importar un
potencial de hasta 400 megavatios desde Brasil, a un precio promedio de
casi tres veces mayor al que se paga los generadores locales. Debido a la
carencia de gas natural, nos vimos obligados a comprar fuel oil en el
extranjero por más de 250 millones de dólares, una pérdida superior al
valor de la ampliación del gasoducto San Martín.
Los especialistas calculan que el
sistema generador administrado por CAMMESA registra un quebranto ubicado
en torno de $3 millones diarios este año, mientras que sectores de la
generación, el transporte y la distribución de electricidad han denunciado
que, desde el inicio de la crisis, se han visto perjudicados por una
transferencia de renta en beneficio de otros sectores de la economía por
$10.000 millones aproximadamente.
Si en el invierno del 2005 las
condiciones climáticas fueran las habituales (algo más frío y menos
lluvioso) podría llegarse a una crisis de grandes proporciones.
Ejemplos
Las diferencias expuestas
en público entre los ministros de planificación federal y de economía con
relación a la distribución de responsabilidades en la renegociación de los
contratos con las empresas de servicios públicos, ponen en evidencia la
existencia de estas escuelas de pensamiento contrapuestas dentro de un
mismo Gobierno.
Muchos de los artículos
del “Régimen Nacional de Servicios Públicos” reflejan líneas de acción
definitivamente hostiles a la inversión privada, aumentando la
discrecionalidad en el manejo de la ecuación económica de los
concesionarios, en contradicción con el esfuerzo de la Secretaría de
Energía para alcanzar un acuerdo con las empresas generadoras para que
acepten convertir la deuda acumulada en CAMMESA en un ciclo combinado de
850 MW a construirse en el Litoral.
Este proyecto de
regulación, también está en cortocircuito con la idea de establecer un
sendero para la recuperación del precio mayorista de la electricidad, para
retornar gradualmente al escenario previo a la implosión del 2001 cuando
las empresas consideraban conveniente invertir en el país.
Otro caso que expresa esta
confusión oficial es el proyecto de constitución de ENARSA –que aún no ha
sido aprobado por el Congreso- y que ha recibido objeciones desde un
extremo al otro del arco ideológico. Como empresa “pública” con
fondos provenientes del Tesoro –que no es SE- escaparía a los controles
naturales del Estado (Auditoría General de la Nación, etc.) y como empresa
“privada” puede ser el motor de una desnacionalización generalizada
de los recursos petroleros de nuestra plataforma submarina.
ENARSA está llamada a
disolver partes fundamentales de la Ley 24065, conocida como Marco
Regulatorio Eléctrico que es la base del sistema actual.
Surgen muchos otros
interrogantes, por ahora sin respuesta. ¿Licitará ENARSA por sus áreas?
¿El Gobierno ha decidido utilizar el dinero de la ciudadanía en
operaciones de riesgo exploratorio? ¿quién se beneficiaría con los
éxitos?, ¿quién asumirá el costo de los fracasos?. ¿Serán todos los
fracasos del público y todos los éxitos de los inversionistas privados?.
¿Cuál será el papel de los “socios internacionales” señalados por las
autoridades como futuros partícipes en estos negocios?
Mientras no haya una
solución a este problema de Gobierno, las empresas que actualmente prestan
los servicios públicos se deteriorarán, ya que sin marcos de acción y con
contratos virtualmente caídos, no podrán reestructurar sus deudas y, mucho
menos, realizar nuevas inversiones.
Hemos derivado en la
crisis energética actual porque tres años de continua indefinición han
constituido un verdadero “cepo” para el sector energético, que se
caracteriza por ser una actividad capital intensiva.
La incertidumbre detonó la falta de
adhesión por parte de inversores privados, empresas petroleras, AFJP y
bancos al esquema pergeñado por las autoridades para concretar obras de
transporte de gas esenciales en la provisión del año próximo.
Para comprender la
importancia estratégica de este punto, basta analizar comparativamente la
diferencia entre nuestra situación y la de otras naciones del MERCOSUR. La
semana pasada, Petrobrás lanzó un bono internacional para conseguir
inversores por 600 millones de dólares y obtuvo ofertas por 1200 millones;
mientras que muchas de las empresas que operan en Argentina no logran
refinanciar sus deudas y son sorprendidas periódicamente con apremios y
embargos sobre sus bienes.
Nuestra situación obliga a
conceder garantías extraordinarias, más allá de la rentabilidad de la
inversión y su tasa de retorno esperada. Por ejemplo, la
promesa arracada al Gobierno de
Brasil, con el compromiso por parte de Petrobrás de invertir 200 millones
de dólares para ampliar el gasoducto San Martín, sólo se logró contra la
promesa de “una ley especial para un fideicomiso que garantice el
repago de las obras que emprenderá TGS”.
En tiempos normales, una
obra de esa magnitud hubiera desatado una competencia feroz entre las
compañías para conseguir ese contrato.
Este sistema de
financiación fideicomisaria, ha
sido cuestionado porque –según los juristas oficiales- los fondos podrían
quedar bloqueados por la Justicia, ante un eventual fallo desfavorable en
el CIADI, a raíz de las muchas demandas que tramitan diversas empresas
contra el Estado, por los efectos económicos de la pesificación
“asimétrica”.
Otras Víctimas
La culminación de Yacyretá, que podría
aportar más de 3000 MW extras al sistema, hasta ahora no ha logrado
establecer un programa de financiamiento y, en un escenario determinado,
puede requerir el aporte directo del Tesoro Nacional por 150 millones de
dólares para cancelar la relación del Banco Mundial con la obra más u$s
680 millones para elevar la cota de la represa.
Ya se duda de la fecha cierta en
que podría terminarse.
El proyecto de finalización de la
Central Nuclear Atucha II, basa su cálculo financiero en supuestos
tarifarios (U$S 19,50/MW en 2006) que requieren clarificación por parte de
las autoridades y una decisión concreta acerca de quién aportará los 489
millones de dólares (Estado Nacional, ENARSA, Fondo Fiduciario, etc.) que
implica la finalización de la usina, lo mismo sobre quién la terminará.
Argentinidad
Para evadir este “cepo”
que representa la condición “argentina” algunas empresas, para
reinsertarse en el sistema de financiación internacional, decidieron
instalarse bajo otras soberanías. Muchas lo han hecho en Brasil. El caso
más llamativo lo constituye el reciente anuncio que el poderoso grupo
industrial Techint estudia la creación de una empresa en España que
funcione como cabeza del holding de subsidiarias latinoamericanas.
La decisión
En esencia, la decisión
que se debe adoptar implica determinar entre dos rumbos.
Si la idea es continuar
con la prestación de los servicios públicos a través de concesionarios
privados operando en un mercado regulado por el Estado, entonces el
esfuerzo debería ponerse en crear condiciones para atraer inversiones y
convencer a los empresarios de que es más conveniente invertir en nuestro
país que en otras latitudes.
Habría, en este caso, que
fortalecer los entes reguladores y perfeccionar el carácter subsidiario de
muchas actividades no rentables o socialmente necesarias.
Si la idea por el
contrario es que el Estado sea responsable de la inversión y operación de
los servicios públicos, entonces la renegociación de los contratos debería
enfocarse a convertir a las empresas privatizadas actuales en meros
contratistas del Estado o simplemente en restituir la actividad a
entidades públicas nuevas y, desde ya, no se necesitarían los entes
reguladores.
En este último caso, el
presupuesto nacional debería establecer los montos para cubrir esas
inversiones.
Como decíamos al comienzo:
“Gobernar es decidir”.
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